Jorge

Llegué a casa después de trabajar y me sentí encerrado, muy incómodo. Había demasiada energía capturada adentro mío. Comenzaba a dolerme la cabeza. Afuera, el sol brillaba. Salí a caminar para despejarme. Iba a recorrer el barrio, como otras veces, buscando encontrar claves que me ayudaran a estar mejor.

En el camino, compre una tableta de chocolate. No sé por qué. No tenía ganas de comer, no tenía hambre… Supongo que fue mi ansiedad, otra vez.

Seguí caminando. Iba prestando atención a las casas que había por la zona, con la idea de que en algún momento, más temprano que tarde, me podría mudar a algún lugar así. Me imaginaba estando en mi lugar: Ambientes espaciosos, las paredes de colores, la gran ventana… Me veía compartiendo conocimientos con personas de todas partes del mundo.

El sol me acariciaba el rostro. Que linda sensación… Ya no recordaba la última vez que había soñado despierto con tanta claridad.

Seguí caminando, cada vez más lejos de mi casa. Paseaba por calles que nunca había visitado. Mi cabeza daba vueltas, analizando mi entorno con la misma virulencia que analizaba mi interior. Me invadían ideas de todo tipo: Que haría mañana, que haría hoy, quien era yo, como ser mejor… Miles de piezas del rompecabezas en movimiento. Me sentía empujado por una mano invisible.

Seguí caminando, y lo vi. Fue un instante, un segundo, un click. Un momento en el que entendí la razón por la que había salido a caminar y por la cual había comprado esa barra de chocolate. Era la razón del impulso.

En una esquina en la que no había señales de movimiento de autos o personas, sentado, acompañado por 2 perros, estaba un anciano sin hogar. Miraba hacia la nada. Todavía me encontraba a media cuadra del lugar donde él estaba, pero pude ver con claridad su rostro, su gesto: Estaba triste, muy triste.

Mientras me acercaba pude ver más detalles… Su ropa vieja y rota, sus zapatillas agujereadas, su barba descuidada, su piel manchada…

Y de nuevo un impulso. Sin pensarlo, me senté a su lado y le ofrecí la tableta de chocolate. Intercambiamos algunas palabras.

Me dijo que se llamaba Jorge, que ese día no había comido nada, y con la voz quebrada me agradeció como si yo acabara de hacer un milagro. Lo vi abrir y comer el chocolate con la ilusión de un niño.

A mí, toda la situación me parecía irreal. ¿Por qué reaccionaría así? ¿Cuánta gente lo habría ignorado antes de que yo llegara a sentarme a hablar con él? ¿Era tan -tristemente- poco común mi gesto?

Lo saludé y me fui pensando que esta situación se me dio por una razón especial. Algo en mi cabeza cambió.

Pero la secuencia no termina ahí…

Volviendo a casa, estaba a punto de cruzar la calle y vi que se acercaba un auto. Esperé a que pasara, pero frenó y me hizo gestos para que yo avanzara. Hice lo mismo y así nos quedamos unos segundos, quietos, dejando pasar el uno al otro. Finalmente, sonreí y crucé. Cuando estaba en la mitad de la calle, me di vuelta para saludarlo y agradecerle por su buena onda. Ahí me cayó otra ficha más. La patente del auto era OKI 111. Mi cerebro definitivamente se dio vuelta.

No soy la misma persona que era hace unas horas. Acabo de entender la fuerza que tienen hasta los gestos más pequeños, que por pequeños, son en gran medida ignorados. Se bien que regalar una tableta de chocolate no es un gesto que merezca la creación de una estatua conmemorativa (O sí, pero solo por lo que el hecho simbolizó para mí, en mi vida) pero el terremoto de energía que generó entre Jorge y yo en ese momento fue mucho, mucho más grande que el gesto en sí. La conclusión es simple:

No nos cuesta nada ser más atentos con el mundo que nos rodea. No nos cuesta nada tener un gesto de bondad con alguien que lo necesita más que nosotros. La cadena de felicidad puede empezar con cualquiera de nosotros.